domingo, 23 de enero de 2011

"Flores amarillas", cuento de creación colectiva.

Jamás imaginé que sería así. En mi mente recreaba un lugar más poblado o quizás uno más bonito. Este, en cambio, se alejaba de lo normalmente establecido por los parámetros de la realidad; pude darme cuenta que me encontraba en un lugar que no conocía. ¿En realidad era un lugar? ¿Un metro? No, no lo conocía, no lo quería ver. Quizás simplemente me hallaba bajo los efectos de alguna droga -de esas a las que solía recurrir en los momentos más adversos- pero estaba perdido en algún lugar. El caso era que veía a una mujer amarrando flores amarillas a orillas de la playa, mientras una suave línea de mar se crispaba en mis pestañas. No sé muy bien qué hora era, parecían ser las dos, aunque perfectamente podían ser las cinco, pero de una cosa estaba seguro: la mujer de las flores amarillas me sonreía. Entonces me acerqué suavemente, la agarré de la cintura queriéndole dar un beso, pero el beso se vio interrumpido, frustrado y apagado tras una ráfaga de arena que me abofeteó distanciándome de ella, haciéndola desaparecer  y dejándome frente al mar, solo, con los ojos cerrados.
¿Fuiste o no? Ahora  que cae la cortina de arena y no te encuentro, no encuentro lugar ni encuentro nada. La nada es infierno, la nada es ilusión y la ilusión es un lugar. Se llega a ella por la droga de la desesperanza. ¿Podría encontrar en aquel hogar de benignas flores amarillas un amor antes rechazado? ¡Vuelve, vuelve! ¡Estoy atrapado dentro de mí mismo!
Así  las flores, las amarillas flores de la mujer desconocida desaparecieron, todo, el arenal, la mujer, la flor desapareció o pereció. Silencio. En silencio se permanece en los hospitales de ciudad, donde se juega en los pasillos con los semáforos de la vida y la muerte. Salí al estacionamiento y prendí un cigarrillo. Las cenizas quemaban las pestañas del lector impaciente.
Luis no lograba despertar de la anestesia, estaba ahí, intacto, moribundo. No podía moverse y, por un momento, creyó ver a través de la ventana la silueta de una mujer, que de un extraño modo, le recordó a su madre.

Autores:
Cristóbal Garrido
Osvaldo Guzmán
Fernando Huaiquinao
Demian Inostroza
Susana Iribarra
Natalia Güíñez
Felipe Contreras
Juan Pablo Muñoz

Marcela Meza
Ana Laura Núñez
Gonzalo Muñoz
Francisco Peña
Surinama Pérez
Daniela Pinto
Carlos Valenzuela
Alejandro Silva
Marcos Soto
Francisca González
Melissa Núñez
Pablo Ortega

lunes, 17 de enero de 2011

Contratiempo


Con un estrepitoso sonido la alarma del reloj lo hizo despertar. Él estiró el brazo maquinalmente y la hizo callar enseguida. Hundió la cara en la almohada que tenía impregnada el perfume de su propio cabello e, inevitablemente, se internó de nuevo en el mundo de los sueños. Estaba a punto de saltar desde un edificio a otro cuando, de pronto, los bocinazos de un par de conductores dirigidos hacia un camión de Coca-Cola mal estacionado afuera de su casa, resonaron en su inconsciente y lo trajeron al mundo real. Supo que había perdido la noción del tiempo otra vez, que llegaría tarde como siempre. Fue en ese preciso segundo cuando la rabia consigo mismo lo impulsó a adelantar todos sus relojes, para así acelerarse cuando consultara la hora.
      Cinco minutos, no, es muy poco, que sean diez, o quince, ¡Hasta una hora! – gritó efusivamente.
 Los próximos días –estaba seguro–, nadie se le adelantaría. Sería el primero en alcanzar el paradero, el metro, la micro, la media cuadra antes de llegar a la oficina, saludaría al incrédulo portero con su mano y recibiría el primer ladrido de la mañana de ese Bull terrier que tanto le aterraba. Y así fue. Despertó antes, desayunó antes, trabajó antes e, incluso, soñó antes: tenía tiempo de sobra para imaginar a esa mujer que le atraía. Fue tanta su obsesión que adelantó sus relojes un día entero. El viernes pasó a ser su jueves y el sábado su último día de la semana. Nunca más se atrasaría con ese método.
Un día, a eso de las siete de la tarde del día martes –que en verdad era el día miércoles–, recibió una nota. Con una caligrafía impecable, esta decía: Mañana morirás. Aterrorizado arrugó el papel.
      ¿Mañana? Esto es broma – murmuró con un hilo de voz.
Esa noche del día martes sucumbió al pánico: no durmió, sudó helado y repetía en su mente que el día miércoles no llegara. Pero llegó. Su sentencia de muerte de un día miércoles se traducía en un tranquilo jueves para Santiago entero.
El hombre, más solitario y más introvertido que el común, hizo su recorrido hacia su trabajo como de costumbre, pero esta vez, vigilando siempre su retaguardia y observando sombríamente en los rostros de los transeúntes algún indicio que delatara el crimen que estaban por cometer. Sabía que el papel que había hallado podía ser perfectamente una burla –de un gusto sádico, por cierto–, pero aun así el beneficio de la duda lo atormentaba en cada hora transcurrida. Tiempo más tarde vio cómo su reloj de pulsera marcaba las diecinueve horas. Es hora de volver a casa, pensó. Un escalofrío recorrió su columna. De improviso, levantó la vista de las manecillas del reloj y sin disimulo escrutó con la mirada a sus compañeros de trabajo, esos casi desconocidos con los que había compartido años sin saber más que sus nombres. Desconfiado, comenzó a analizar sus gestos, viendo en cada movimiento de manos un detalle que evidenciaba nerviosismo e intranquilidad y pudo sentir la intensa apatía con que ellos respondían a sus ojos insolentes; le bastó con ese hecho para cerciorarse de lo indeseable que resultaba su presencia. Pensó en la envidia de la que era víctima, en la injusticia de ser tildado de traidor por haber sido más astuto que el resto. Miró desde el segundo piso la calle deshabitada y observó cómo oscurecía. Una vez llegando a la avenida estaré a salvo, pensó para reconfortarse. Podía sentir cómo los latidos de su corazón retumbaban en su interior en un compás desesperado mientras caminaba hacia el paradero. Sin previo aviso, un hombre de barba se le acercó y él reaccionó instintivamente tomándolo por el cuello de su chaqueta.
-       Oiga, oiga, tranquiiilo hermano, no pasa ná’, le quería preguntar qué calle es esta no má’ – dijo el hombre, espantado.
Una vez que lo escuchó, lo soltó sin decirle nada y siguió su camino, sugestionado ante la idea de su tan próximo homicidio. Fue con ese mismo ánimo que continuó su trayecto, cambiándose de vereda constantemente y utilizando calles que le eran extrañas. Tras caminar quince minutos rápidamente y sin detenerse, se reconoció perdido en una calleja deshabitada; escuchó pasos que se acercaban, como de un grupo prominente de personas. Entonces corrió. Corrió sin mirar atrás, invocando en cada tranco a la avenida y a la gente. Y así, sin sospecharlo, se halló refugiado de nuevo en la multitud, hasta que atisbó a un hombre observándolo fijamente desde el umbral de una casa. Le respondió con otra mirada penetrante y caminó a paso firme, espiando de forma continua si este le seguía. Caminó dos cuadras más hasta que, sin rastro del hombre del umbral, llegó a su casa y puso pestillo a todas las entradas. Se dirigió directamente a su habitación y decidió tenderse sobre la cama. Cerró los ojos, aunque sin lograr atenuar el molesto eco que producían sus pensamientos en su cabeza. ¿Quién, por qué, para qué?, pensaba y volvía a repensar. ¡No tengo deudas, ni enemigos, ni amigos, ni familia! ¡No tengo a nadie! ¿Por qué tendría que morir?, se increpaba a sí mismo. Y así, absorto en una cadena ininterrumpida de especulaciones, se durmió al fin.
Al día siguiente el hombre pareció haber despertado como de una borrachera: el cuerpo le pesaba y su mente parecía razonar lenta y atolondradamente, pero, pese a su cansancio generalizado, estaba vivo. Eso era indudable. Sonrió aliviado, miró su reloj y supo que su día jueves acababa de comenzar. Eligió una camisa colorida para vestir, se preparó un desayuno digno de quien valora la buena vida y partió silbando hacia el paradero. En el trayecto atisbó a esa mujer que le robaba el sueño, pero a la que le era incapaz de hablar, caminando por la vereda vecina. Pensó en acercarse, en chocar deliberadamente con ella, en sorprenderla con una frase suspicaz, pero su tiempo estaba calculado de tal forma de que su rutina calzara sin problemas. No importaba, tendría tiempo otro día, más que mal, él vivía adelantado. Él vivía adelantado, recordó como entre sueños.
-       Hoy es jueves, pero es viernes para los otros. Y ayer era miércoles para mí y la nota la recibí el que era un miércoles en realidad. Y si hoy es jueves solo para mí, pero un miércoles me dijeron que moriría, solo queda un hecho concreto: Hoy es mañana – concluyó atónito el hombre.
Como un demente comenzó a deambular por las calles, tropezando con la gente que caminaba en dirección opuesta a él mientras susurraba para sí mismo suposiciones ininteligibles. De súbito, su mente halló claridad y la alegría iluminó su mirada. Soltó una carcajada disparatada, corrió hacia los automóviles completamente enajenado y comenzó a gritar:
-       Hoy moriré porque hoy es mañana, pero el mañana nunca llega, porque siempre es hoy. ¿Qué es un mañana sino una invención? Ni el martes, ni el miércoles, ni ningún día existen. Es hora de abandonar las horas. Ya no hay tiempo. ¡Lo he anulado! ¿Me escuchan? ¡No hay tiempo! ¡De esa forma no moriré hoy, ni mañana, ni pasado!- gritaba extasiado en medio de la avenida, ante la mirada curiosa y morbosa de hombres y mujeres que detenían su paso apresurado para observarlo. – ¡Es cierto! Al fin lo he descubierto: No importa cuánto adelantemos nuestro tiempo, porque el curso de la vida es una sola.
-       ¡Ándate a predicar a otro lao’, huevón! – le masculló malhumorado un hombre robusto y canoso.
-       Oiga usted, ¿sabe que no moriré? ¿Y sabe acaso por qué no moriré? ¡Porque soy dueño y creador de mi tiempo! ¡Nadie podrá decirme cuándo es miércoles o mañana! Y aunque hoy esté estipulada mi muerte, puedo escapar a ella diciendo que es sábado. ¿Lo ve? ¡Hoy es sábado! – terminó de decir justo antes de que un vehículo de ventanas opacas lo arrollara frente a la carnicería.
-       Pero no es sábado para los otros – se escuchó decir a una voz desconocida y gutural dentro del coche oxidado.

Marcela Meza.

viernes, 14 de enero de 2011

Con la vista de esa cordillera. Juan Muñoz


            Están sentados en el borde de la cama. Las cortinas están abiertas y miran hacia la cordillera: un amanecer rojo, limpio y penetrante. Uno que podría estar en una película, uno que se ha descrito tantas, tantas veces. Una isla, piensa él, una isla de la naturaleza en la mitad de un julio interminable, lluvioso. Ella le acaricia el pene con la mano derecha, le dice que cada vez que se encuentre con un amanecer glorioso como ese la va a recordar, y que eso, de algún modo, es bonito. Él tiene catorce años y ella bastantes más. Se conocieron en abril, en la biblioteca, y no fue casual: ella lo veía tan solo y ella en realidad estaba tan sola, tan increíblemente sola.
            Fue la poesía lo que nos juntó, le decía, y él, que aún no entendía bien qué significaba esa palabra, a veces quería tomar la poesía y deshacerla en mil pedazos, prenderle un fuego, arrojarla a un pozo profundo, a un abismo del mar.
            Los cabros de tu edad no se interesan por estos libros, dijo ella, mintiendo.
            Es para el colegio, dijo él, mintiendo.
            Él sabía, por reflejo, que era afortunado, pero afortunado era lo último que se sentía, más bien sentía otras cosas, las de siempre, y a veces, incluso, no sentía nada; cuando sus compañeros hablaban de sexo él guardaba un silencio nervioso, de virgen. Silencio. Y el silencio se había colado lentamente por todos los orificios, cada vez que no sabía qué hacer, cada vez que no tenía (o que creía o que quería creer que no tenía) otro lugar a donde ir, cada vez que se ensuciaba de las palabras que ya no quería decir y que ya no quería oír y que ya no quería leer, su último dominio, su refugio en la mitad del bosque, aunque para ella, en realidad, el asunto del silencio no era de mayor importancia, o mejor, era un detalle puesto en una esquina, manteniendo, claro, las proporciones. Y no les era del todo triste constatar que el silencio puede ser suficiente, que nos acostumbramos mezquinamente a que tantas cosas sean suficientes.          

            Ella se para y enciende un cigarro. Él observa su cuerpo balancearse, sus carnes moverse con insolencia. Ella le sonríe, vuelve a maldecir la mala suerte y vuelve a señalar que no tendrá problemas en abortar, que ya lo ha hecho antes y que a esa altura es simple, pero que será la última vez que se vean, que ya es suficiente, una señal. Que tiene que buscarse una polola si quiere seguir disfrutando de la vida, que lo va a echar de menos, a él y su cuerpecito afable, y en esto hay cariño. Él piensa que no le interesa seguir disfrutando de la vida, que lo único que quiere es lo que fue a buscar esa tarde a la biblioteca y que no encontró. Que quizá nunca encuentre, se repite como tantas otras veces. Piensa en el azar, la suma de circunstancias y decisiones que lo llevaron a estar ahí, a pasar, contra todo pronóstico, por primera vez la noche en aquel departamento. Recuerda, por lo demás, que no es la primera vez que le dice que no se volverán a ver.
            Siempre me sorprende que aún con la vista de esa cordillera esta ciudad se las termine arreglando para ser asquerosa, dice ella.
            Él vuelve a mirar por la ventana: ya no hay rojo pero todo brilla, todo está claro, tan hermoso que dan ganas de llorar.

            Pasan muchos años.

jueves, 13 de enero de 2011

¿Todas las aves son libres? Surinama Pérez

En el patio de la casa existía un pato negro, el cual a pesar de la continuidad y la aceleración de mi tiempo con el trabajo captó mi atención luego de llevarse establecido allí algunos días. siempre tranquilo, pasaba desapercibido entre tanta ave inquieta. Un día por la mañana, mientras yo reposaba la vista en el ventanal de mi casa, me di cuenta de algo que nos era invisible a a su entorno. Él quería volar, mas no podía lograr su objetivo. Anhelaba ser libre, cambiar su rumbo en cada estación del año, conocer otras aves y aprender sobre la difusa relación de la velocidad y el tiempo en el vuelo. Se pasaba todo el día soñando, sin embargo no se amargaba ya que tenía la esperanza de que algún día se cumpliera. Las demás aves ignoraban su desgracia. pasaban a su lado y se posaban sobre él con indiferencia.

Hola bonito. Carlos Valenzuela



El vértice en que despuntaba el sol a esa hora era suyo. El picor en la nariz de las
colinas dulces era suyo. El refresco en sus piernas, la trastienda del sendero, el sol
mismo, todo se hacía parte de su trazo desde esa hora fecunda. Ella, en la rivera de
noche plutónica, abrazaba su nuevo hogar con cada pulsión de su cuerpo.


El bus que la trajo cerró sus puertas y se fue, esperaba ella sin volver, que lo último
que sintiera de Santiago fuera el polvo en sus talones que el bus levantó.


-Hola bonito - dijo, ambos sonrieron.

Literatura + enfermedad: Enfermedad .Bolaño (fragmento)


Mallarmé  escribe en Brisa Marina:

La carne es triste, ¡ay!, y todo lo he leído.

¡Huir! ¡Huir! Presiento que en lo desconocido
de espuma y cielo, ebrios los pájaros se alejan.
Nada, ni los jardines que los ojos reflejan
sujetará este pecho, náufrago en mar abierta
¡oh, noches!, ni en mi lámpara la claridad desierta
sobre la virgen página que esconde su blancura,
y ni la fresca esposa con el hijo en el seno. ¡He de partir al fin! Zarpe el barco, y sereno
meza en busca de exóticos climas su arboladura.
Un hastío reseco ya de crueles anhelos
aún suena en el último adiós de los pañuelos.
¡Quién sabe si los mástiles, tempestades buscando,
se doblarán al viento sobre el naufragio, cuando
perdidos floten sin islotes ni derroteros!...
¡Más oye, oh corazón, cantar los marineros!



Un bonito poema. Nabokov le habría aconsejado al traductor no mantener la rima, dar una versión en verso libre, hacer una versión feísta, si Nabokov hubiera conocido al traductor, Alfonso Reyes, que para la cultura occidental poco significa pero que para esa parte de la cultura occidental que es Latinoamérica significa (o debería significar) mucho. ¿Pero qué quiso decir Mallarmé cuando dijo que la carne es triste y que ya había leído todos los libros? ¿Que había leído hasta la saciedad y que había follado hasta la saciedad? ¿Que a partir de determinado momento toda lectura y todo acto carnal se transforman en repetición? ¿Que lo único que quedaba era viajar? ¿Que follar y leer, a la postre, resultaba aburrido, y que viajar era la única salida? Yo creo que Mallarmé está hablando de la enfermedad, del combate que libra la enfermedad contra la salud, dos estados o dos potencias, como queráis, totalitarias; yo creo que Mallarmé está hablando de la enfermedad revestida con los trapos del aburrimiento. La imagen que Mallarmé construye sobre la enfermedad, sin embargo, es, de alguna manera, prístina: habla de la enfermedad como resignación, resignación de vivir o resignación de lo que sea.
Es decir, está hablando de derrota. Y para revertir la derrota opone vanamente la lectura y el sexo, que sospecho que para mayor gloria de Mallarmé y mayor perplejidad de Madame Mallarmé eran la misma cosa, pues de lo contrario nadie en su sano juicio puede decir que la carne es triste, así, de esa forma taxativa, que enuncia que la carne sólo es triste, que la petit morte, que en realidad no dura ni siquiera un minuto, se extiende a todos los gestos del amor, que como es bien sabido pueden durar horas y horas y hacerse interminables, en fin, que un verso semejante no desentonaría en un poeta español como Campoamor pero sí en la obra y en la biografía de Mallarmé, indisolublemente unidas, salvo en este poema, en este manifiesto cifrado, que sólo Paul Gauguin se tomó al pie de la letra, pues que se sepa Mallarmé no escuchó jamás cantar a los marineros, o si los escuchó no fue, ciertamente, a bordo de un barco con destino incierto.
Y menos aún se puede afirmar que uno ya ha leído todos los libros, pues incluso aunque los libros se acaben nunca acaba uno de leerlos todos, algo que bien sabía Mallarmé. Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz. ¿Y qué le queda a Mallarmé en este ilustre poema, cuando ya no le quedan, según él, ni ganas de leer ni ganas de follar? Pues le queda el viaje, le quedan las ganas de viajar. Y ahí está tal vez la clave del crimen. Porque si Mallarmé llega a decir que lo que queda por hacer es rezar o llorar o volverse loco, tal vez habría conseguido la coartada perfecta.
Pero en lugar de eso Mallarmé dice que lo único que resta por hacer es viajar, que es como si dijera navegar es necesario, vivir no es necesario, frase que antes sabía citar en latín y que por culpa de las toxinas viajeras de mi hígado también he olvidado, o lo que es lo mismo, Mallarmé opta por el viajero con el torso desnudo, por la libertad que también tiene el torso desnudo, por la vida sencilla (pero no tan sencilla si rascamos un poco) del marinero y del explorador que, a la par que es una afirmación de la vida, también es un juego constante con la muerte y que,en una escala jerárquica, es el primer peldaño de cierto aprendizaje poético. El segundo peldaño es el sexo y el tercero los libros. Lo que convierte la elección mallarmeana en una paradoja o bien en un regreso, en un volver a empezar desde cero. Y llegado a este punto no puedo, antes de volver al ascensor, dejar de pensar en un poema de Baudelaire, el padre de todos, en el que éste habla del viaje, del entusiasmo juvenil del viaje y de la amargura que todo viaje a la postre deja en el viajero, y pienso que tal vez el soneto de Mallarmé es una respuesta al poema de Baudelaire, uno de los más terribles que he leído, el de Baudelaire, un poema enfermo, un poema sin salida, pero acaso el poema más lúcido de todo el siglo XIX.
Enfermedad y viajes Viajar enferma. Antiguamente los médicos recomendaban a sus pacientes, sobre todo a los que padecían enfermedades nerviosas, viajar. Los pacientes, que por regla general tenían dinero, obedecían y se embarcaban en largos viajes que duraban meses y en ocasiones años. Los pobres que tenían enfermedades nerviosas no viajaban. Algunos, es de suponer, enloquecían. Pero los que viajaban también enloquecían o, lo que es peor, adquirían nuevas enfermedades conforme cambiaban de ciudades, de climas, de costumbres alimenticias.
Realmente, es más sano no viajar, es más sano no moverse, no salir nunca de casa, estar bien abrigado en invierno y sólo quitarse la bufanda en verano, es más sano no abrir la boca ni pestañear, es más sano no respirar. Pero lo cierto es que uno respira y viaja. Yo, sin ir más lejos, comencé a viajar desde muy joven, desde los siete u ocho años, aproximadamente. Primero en el camión de mi padre, por carreteras chilenas solitarias que parecían carreteras posnucleares y que me ponían los pelos de punta, luego en trenes y en autobuses, hasta que a los quince años tomé mi primer avión y me fui a vivir a México. A partir de ese momento los viajes fueron constantes. Resultado: enfermedades múltiples.
De niño, grandes dolores de cabeza que hacían que mis padres se preguntaran si no tendría una enfermedad nerviosa y si no sería conveniente que emprendiera, lo más pronto posible, un largo viaje reparador. De adolescente, insomnio y problemas de índole sexual. De joven, pérdida de dientes que fui dejando, como las miguitas de pan de Hansel y Gretel, en diferentes países; mala alimentación que me provocaba acidez estomacal y luego una gastritis; abuso de la lectura que me obligó a llevar lentes; callos en los pies producto de largas caminatas sin ton ni son; infinidad de gripes y catarros mal curados. Era pobre, vivía en la intemperie y me consideraba un tipo con suerte porque, a fin de cuentas, no había enfermado de nada grave. Abusé del sexo pero nunca contraje una enfermedad venérea. Abusé de la lectura pero nunca quise ser un autor de éxito. Incluso la pérdida de dientes para mí era una especie de homenaje a Gary Snyder, cuya vida de vagabundo zen lo había hecho descuidar su dentadura. Pero todo llega. Los hijos llegan. Los libros llegan. La enfermedad llega. El fin del viaje llega.